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En septiembre de 2008, todo el mundo supo exactamente qué había pasado. Lehman Brothers. Un nombre, una fecha, una portada.

Lo que está pasando ahora no la tiene. Y eso, precisamente, es lo que la hace más peligrosa.

Esta semana Henry Paulson —el hombre que gestionó 2008 desde el Tesoro— ha pedido un plan de emergencia ante un posible colapso en la demanda de bonos del Tesoro americano.

El mismo Paulson que vivió la crisis financiera más grande de los últimos 80 años dice que esto sería diferente. Que en 2008 tenían capacidad fiscal para intervenir. Que esta vez, cuando lleguemos al límite, “será brutal.”

Fíjense que no lo dice un economista de Twitter. Lo dice el hombre que estuvo al otro lado de la mesa cuando todo se rompió.

Y para entender por qué lo dice, hay que mirar a Japón. No porque Japón sea el problema. Sino porque Japón es el espejo.

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El problema central: EEUU y su deuda

Empecemos por los números, porque son los que mandan.

El déficit presupuestario de EEUU ha promediado aproximadamente el 6% del PIB durante los últimos tres años. Un desequilibrio históricamente grande, raramente visto fuera de guerras o recesiones profundas.

Pero no solo EEUU… El déficit fiscal mundial se sitúa en su nivel más alto fuera de los períodos posteriores a las recesiones.

La deuda nacional de EEUU alcanza hoy los 38,9 billones de dólares. La Oficina de Presupuesto del Congreso proyecta que el déficit se mantendrá en torno al 6% del PIB durante toda la próxima década. Y que la ratio deuda/PIB de EEUU alcanzará un récord histórico del 108% en 2030.

El propio Paulson, que no es precisamente un catastrofista, lo resume con claridad: “Tenemos la economía más grande, más innovadora y diversa. Las empresas más fuertes y rentables. Vivimos en un barrio seguro. Somos independientes energéticamente. Nuestros desafíos son la deuda, lo fiscal y la polarización política.

Tres desafíos. Y los tres están conectados. La deuda genera presión fiscal. La polarización política impide resolverla. Y mientras el debate se eterniza, la bola de nieve sigue creciendo.

El “círculo vicioso” de la deuda

Para entender por qué Paulson pide un plan de emergencia, hay que entender el mecanismo que le preocupa.

Los expertos en presupuesto llevan años advirtiendo sobre un potencial “círculo vicioso” en la deuda soberana americana.

Funciona así: los inversores empiezan a exigir tipos más altos en los Treasuries por los riesgos asociados al crecimiento de la deuda pública, lo que eleva los pagos de intereses del gobierno, lo que amplía el déficit, lo que genera más demanda de tipos todavía más altos.

Una espiral que se retroalimenta. Y que, una vez iniciada, no tiene palanca fácil para pararla.

Los estrategas de Bloomberg lo han cuantificado: “A mayor ratio deuda/PIB, repuntes más débiles y caídas más pronunciadas en los Treasuries. A medida que la deuda/PIB crece, también crece la sensibilidad a tipos más altos.”

Cuanto más deuda acumula EEUU, más vulnerable se vuelve a cualquier movimiento de tipos. Y cuanto más vulnerable es, más tipos exige el mercado.

2008 vs ahora: la diferencia que nadie explica bien

Esta es la parte más importante del informe. Y también la más contraintuitiva.

En 2008, la crisis era de deuda privada. Los bancos habían prestado dinero que no podían recuperar, lo habían empaquetado en productos complejos y lo habían distribuido por todo el sistema.

Cuando el castillo de naipes cayó, había un activo concreto que se derrumbaba (las hipotecas subprime) y había una solución disponible: el estado tenía capacidad fiscal para intervenir.

Podía emitir deuda, rescatar bancos, inyectar liquidez. Como dijo Paulson: “Puedes entrar y limpiar el desastre.”

En una crisis de deuda pública, el estado es el incendio.

En una crisis de deuda pública, la deuda ya es insosteniblemente alta. Los mercados pierdan confianza, los costes de financiación se disparan y emitir más deuda se vuelve imposible o contraproducente. La herramienta misma que se usó para combatir la crisis deja de estar disponible.

La Fed puede comprar esos bonos, sí. Pero si la Fed es el único comprador, los precios bajan, los tipos suben y el dólar pierde credibilidad como reserva global. Y entonces el único instrumento disponible (emitir moneda) es exactamente lo que destruye el poder adquisitivo de todo el mundo. No de golpe. Despacio. Silenciosamente.

¡Eso es lo que está pasando!

Paulson lo dijo literalmente: “Cuando llegas al límite e intentas emitir Treasuries y la Fed es el único comprador, y los precios de los Treasuries están bajando y los tipos de interés están subiendo, eso es algo peligroso.”

Eso no es una crisis de Lehman. No hay un día cero. No hay una portada. Hay una erosión constante del valor de la moneda, del poder adquisitivo de los salarios, del nivel de vida real de los ciudadanos. Gradual. Sin drama. Hasta que de repente, ya no es gradual.

Japón: el espejo donde EEUU no quiere mirarse

Para entender cómo acaba este proceso, hay que mirar a Japón. No como amenaza externa, sino como ejemplo de lo que ocurre cuando un estado lleva décadas aplicando la misma solución: más deuda, tipos más bajos, banco central comprando.

En enero de 2026, el mercado de bonos japonés (históricamente uno de los más estables del mundo) vivió un día de caos. Los tipos a 40 años superaron el 4% por primera vez en décadas. Los de 30 años saltaron casi 30 puntos básicos en una sola sesión.

Pero el crash de enero es solo el síntoma visible. La enfermedad lleva años en marcha, y se mide en salarios.

Los salarios reales ajustados por inflación cayeron un 1,3% en Japón en 2025. Los salarios nominales subieron un 2,3%, pero la inflación subió un 3,7%. Los salarios reales fueron negativos todos y cada uno de los meses de 2025, sin excepción.

Y no han subido desde 2021. Cuatro años consecutivos de pérdida de poder adquisitivo para el trabajador japonés medio.

¿Y los activos? El Nikkei subió. El mercado inmobiliario de Tokio se disparó. Las empresas con exposición internacional registraron beneficios récord.

Esto es lo que los datos revelan pero nadie dice en voz alta: en Japón, quien tenía activos se ha enriquecido en términos nominales.

Quien dependía de su salario se ha empobrecido en términos reales.

El yen ha sido durante años la única válvula de escape para descontar el riesgo fiscal japonés. El mercado de bonos estaba demasiado intervenido para reflejar la realidad, así que la depreciación del yen lo hacía en su lugar.

La moneda absorbía el coste que el mercado de bonos no podía mostrar.

Esa es la naturaleza silenciosa de una crisis de deuda pública. No se ve en los bonos hasta que es demasiado tarde. Se ve antes en lo que cuesta el supermercado. En lo que rinde el sueldo a final de mes.

Y las consecuencias van más allá del bolsillo. Cuando los salarios no crecen pero los activos sí, el incentivo para innovar, para arriesgarse, para crear valor nuevo desaparece.

¿Para qué montar una empresa si el camino más seguro de acumular riqueza es comprar activos ya existentes? El resultado es una economía cada vez más especulativa y cada vez menos productiva. Japón ocupa hoy el puesto 24 de 38 países de la OCDE en PIB per cápita, por detrás de Corea del Sur y Taiwán. Modern Tokyo Times

La segunda economía del mundo en los años 80, empobrecida en silencio durante 30 años.

Ese es el espejo al que no se debe mirar.

El contagio

Japón no es solo un ejemplo histórico. Es un vector de contagio activo en este momento.

Si los rendimientos en Japón suben, los inversores japoneses pueden ganar más en casa, reduciendo la demanda de bonos extranjeros. Eso empuja los rendimientos globales al alza y reajusta los precios del riesgo en todo el mundo.

Japón posee más de 1,1 billones de dólares en Treasuries americanos. Si ese capital empieza a regresar a casa (para financiar deuda doméstica con tipos al alza o para defender el yen) EEUU pierde su mayor comprador externo de deuda justo cuando más emisión necesita. Las subastas se debilitan. La prima por plazo se dispara. Y la Fed se ve forzada a intervenir no por elección estratégica, sino por necesidad de mercado.

En enero ya lo vimos: el rendimiento del bono americano a 10 años subió casi 6 puntos básicos tras el crash de los JGBs, y el de 30 años se acercó a máximos pre-2008. No fue un movimiento interno de EEUU. Fue el efecto colateral del desorden japonés.

¿Cómo acaba esto? Los posibles desenlaces

Esta es la pregunta que todo el mundo quiere responder y nadie puede responder con certeza. Pero sí podemos hablar de los escenarios que la historia y la lógica económica sugieren.

Lo primero que hay que tener claro es algo que raramente se dice en voz alta: EEUU y Japón no van a quebrar.

Son emisores soberanos de su propia divisa. Siempre pueden imprimir. La Fed siempre puede comprar. La patada adelante siempre es una opción disponible.

Un default técnico al estilo argentino o griego (donde la deuda está en divisa extranjera y no puedes imprimirla) no es el escenario aquí.

  • El escenario más probable, y el más honesto, es la represión financiera prolongada. Tipos reales negativos durante años, inflación por encima de los rendimientos de los bonos, erosión gradual pero continua de la deuda real. Es exactamente lo que hizo EEUU después de la Segunda Guerra Mundial: la deuda cayó del 106% del PIB al 26% en treinta años, no gracias a superávits, sino porque la economía creció más rápido que la deuda y los tipos se mantuvieron artificialmente bajos.

  • El segundo escenario, menos probable pero no descartable, es lo que podríamos llamar el momento Volcker inverso. Si la inflación se desancla de verdad y la Fed se ve forzada a subir tipos agresivamente con esta cantidad de deuda en el sistema, el circulo vicioso se acelera en lugar de atenuarse. Los pagos de intereses se disparan, el déficit se amplía, el mercado exige más tipos todavía. Ese sería el escenario más abrupto, no el japonés lento y silencioso, sino algo más parecido a una crisis de mercados emergentes, pero en dólares. Es el escenario que Paulson teme implícitamente cuando habla de que “será brutal.”

  • El tercero, que nadie quiere mencionar pero que ha ocurrido más veces en la historia de lo que la gente recuerda, es una reforma monetaria de facto. Un nuevo acuerdo entre grandes potencias, una restructuración encubierta del sistema, algo análogo a lo que fue Bretton Woods pero adaptado al contexto actual. No es inminente. Pero tampoco es imposible en un horizonte de 20-30 años si las dos primeras vías no funcionan.

  • Y la única salida real, la única que resuelve el problema de raíz sin destruir poder adquisitivo, es la restricción fiscal. Más ingresos, reforma del gasto, cierre de agujeros en el código fiscal. El propio Paulson lo dice: “Es un país rico. Hay mucho que podemos hacer si empezamos a actuar.” El problema no es la solución. Es la voluntad política. Y como él mismo admite, “el Congreso no hace cosas desagradables hasta que hay una crisis inmediata.” Históricamente, la restricción fiscal voluntaria no ocurre. El mercado la impone desde fuera, como le ocurrió al Reino Unido con Liz Truss en 2022.

¿Qué vigilar en los próximos meses?

No voy a estar aquí prediciendo cuándo ocurre esto. No tengo la bola de cristal y no me interesa tenerla.

Lo que sí creo, y lo digo con convicción, es que el desenlace más probable no es el colapso dramático. Es la erosión silenciosa del poder adqusitivo. La misma que lleva años ocurriendo en Japón, donde los salarios reales caen cada mes mientras el Nikkei sube y nadie lo llama crisis porque no hay una portada.

La pérdida de poder adquisitivo es el mecanismo de ajuste que sustituye al default cuando el emisor controla su propia divisa. No es un accidente. Es la consecuencia lógica y predecible de décadas de la misma solución: más deuda, tipos más bajos, banco central comprando. Cada vez que se usa esa herramienta, el margen para usarla la próxima vez se reduce un poco más.

Hay un matiz que sí me parece importante añadir: El dólar tiene un privilegio que el yen no tiene: es la divisa de reserva mundial. Ese privilegio le da a EEUU un margen adicional para dar patadas adelante que Japón no tiene. Pero ese privilegio no es permanente ni incondicional. Se erosiona cuando el mundo empieza a buscar alternativas. Y hay señales, lentas pero visibles, de que eso está ocurriendo.

La bola de nieve ya es demasiado grande. Las consecuencias ya están ocurriendo, despacio, en el poder adquisitivo de la gente.

Debemos vigilar:

  • Las próximas subastas de Treasuries a 20 y 30 años en EEUU. La demanda en esas subastas dirá más sobre la salud real del mercado de deuda americana que cualquier declaración política.

  • La reunión del BOJ este mes. El banco central japonés está considerando elevar sus previsiones de inflación, aunque se espera que mantenga los tipos sin cambios. Cualquier señal dovish en el tramo largo podría aliviar la presión sobre los flujos hacia Treasuries. Si no llega, esa presión sigue acumulándose.

  • El USD/JPY en horario asiático. Una depreciación acelerada del dólar frente al yen en ese horario es la señal de que el capital está regresando a Japón (o intervenciones).

  • Y Washington. Porque el problema tiene solución técnica. Lo que no tiene (todavía) es voluntad política. La pregunta es si esa voluntad llegará antes o después de que la decisión deje de ser voluntaria. Pendiente de Bessent y Warsh.

Gracias por leer

Diego

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