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Basado en Central Banking 101, de Joseph J. Wang, antiguo trader de la mesa de operaciones de la Reserva Federal de Nueva York.

The Company America’s Cattle Industry Needs Right Now

The U.S. cattle herd has fallen to 86.2 million head. 

That's the lowest level since 1951. And the problem isn't going away, plus ranchers face rising costs and a tightening labor market. 

Yet America still needs to produce beef. 

The equation is simple: Get more from every animal. 

DIT AgTech helps ranchers produce more with less through AI, nutrition automation and real-time data. Its infrastructure boosts herd performance while reducing labor and costs. 

Proven at scale in Australia: 

  • 500+ units deployed 

  • 370,000 head on the platform 

  • Up to 55% higher daily weight gain 

  • Up to 80% reduction in supplementation and labor costs 

What drives adoption? Ranchers get the technology free with a three-year nutrition plan. 

Removing the cost barrier allows DIT AgTech to scale adoption faster, generating more data and recurring revenue 

America needs more output from fewer cattle. DIT AgTech has built the infrastructure to make that possible.

𝘐𝘯 𝘮𝘢𝘬𝘪𝘯𝘨 𝘢𝘯 𝘪𝘯𝘷𝘦𝘴𝘵𝘮𝘦𝘯𝘵 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘴𝘪𝘰𝘯, 𝘪𝘯𝘷𝘦𝘴𝘵𝘰𝘳𝘴 𝘮𝘶𝘴𝘵 𝘳𝘦𝘭𝘺 𝘰𝘯 𝘵𝘩𝘦𝘪𝘳 𝘰𝘸𝘯 𝘦𝘹𝘢𝘮𝘪𝘯𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯 𝘰𝘧 𝘵𝘩𝘦 𝘪𝘴𝘴𝘶𝘦𝘳 𝘢𝘯𝘥 𝘵𝘩𝘦 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘴 𝘰𝘧 𝘵𝘩𝘦 𝘰𝘧𝘧𝘦𝘳𝘪𝘯𝘨, 𝘪𝘯𝘤𝘭𝘶𝘥𝘪𝘯𝘨 𝘵𝘩𝘦 𝘮𝘦𝘳𝘪𝘵𝘴 𝘢𝘯𝘥 𝘳𝘪𝘴𝘬𝘴 𝘪𝘯𝘷𝘰𝘭𝘷𝘦𝘥. 𝘋𝘐𝘛 𝘈𝘨𝘛𝘦𝘤𝘩 𝘩𝘢𝘴 𝘧𝘪𝘭𝘦𝘥 𝘢 𝘍𝘰𝘳𝘮 𝘊 𝘸𝘪𝘵𝘩 𝘵𝘩𝘦 𝘚𝘦𝘤𝘶𝘳𝘪𝘵𝘪𝘦𝘴 𝘢𝘯𝘥 𝘌𝘹𝘤𝘩𝘢𝘯𝘨𝘦 𝘊𝘰𝘮𝘮𝘪𝘴𝘴𝘪𝘰𝘯 𝘪𝘯 𝘤𝘰𝘯𝘯𝘦𝘤𝘵𝘪𝘰𝘯 𝘸𝘪𝘵𝘩 𝘪𝘵𝘴 𝘰𝘧𝘧𝘦𝘳𝘪𝘯𝘨, 𝘢 𝘤𝘰𝘱𝘺 𝘰𝘧 𝘸𝘩𝘪𝘤𝘩 𝘮𝘢𝘺 𝘣𝘦 𝘰𝘣𝘵𝘢𝘪𝘯𝘦𝘥 𝘩𝘦𝘳𝘦: https://bit.ly/4bzuWCi​

1. El dinero es deuda

Mucha gente cree que el banco guarda tus ahorros y se los presta a otro cliente. En realidad pasa al revés: el banco crea el dinero en el momento en que concede el préstamo.

El libro lo explica con un ejemplo. Juan, granjero, pide un préstamo de 1 millón para pagar madera a Tim, leñador. El banco estudia su solvencia, aprueba el préstamo y con unos clics le ingresa 1 millón en la cuenta. Ese millón no salía del ahorro de nadie: no existía antes. En el balance del banco aparecen a la vez dos apuntes:

  • un préstamo (lo que Juan le debe al banco)

  • un depósito (lo que el banco le debe a Juan)

Así se crea casi todo el dinero que usamos cada día. Los depósitos que ves en la app de tu banco no son billetes guardados en una cámara. Son promesas de pago del banco, y nacieron cuando alguien se endeudó.

El proceso también funciona a la inversa. Cuando Juan devuelve el préstamo, ese dinero desaparece. Por eso el autor dice que la cantidad de depósitos de un país refleja, en gran parte, cuánto han prestado sus bancos.

¿Pueden los bancos crear dinero sin límite? No, aunque el límite no son las reservas: un banco siempre puede pedirlas prestadas. Hay dos frenos reales:

  • La regulación. Un banco solo puede prestar en proporción a su capital. Con unos 5 € propios puede crear unos 100 € en préstamos. Si pierde esos 5 € en impagos, quiebra.

  • La rentabilidad. El banco solo presta si encuentra clientes solventes que paguen intereses. En los booms hay muchos y en las recesiones, pocos. Por eso los bancos crean mucho dinero cuando la economía va bien y poco cuando va mal.

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Para el inversor: el dinero y la deuda son la misma cosa vista desde dos lados. Cuando el crédito se expande, hay más dinero persiguiendo activos. Cuando se contrae, hay menos.

2. No todo el dinero es igual

Solemos hablar del dinero como si fuera una sola cosa. Según el libro, en el sistema conviven cuatro tipos de dinero, cada uno con su emisor y su nivel de seguridad:

Las reservas son el dinero de los bancos. Solo ellos pueden tenerlas y las usan para pagarse entre sí. Cuando pagas a alguien que tiene cuenta en otro banco, tu banco le transfiere reservas al suyo.

Los depósitos son el dinero más común, pero también el menos seguro, porque los crea una empresa privada que puede quebrar. Para que la gente confíe en ellos, el Estado los protege con un fondo de garantía (250.000 $ en EE. UU.; 100.000 € en la UE).

Los bonos del Tesoro son el dinero de los grandes inversores. Un fondo no guarda 500 millones en una cuenta corriente: los guarda en bonos, que pagan intereses y se convierten en efectivo en segundos a través del mercado repo, donde se pide prestado dejando el bono como garantía.

La clave está en la conversión. En un sistema sano, los cuatro tipos se cambian entre sí a la par: 100 € de depósito valen 100 € en billetes. Las crisis empiezan justo cuando esa conversión se rompe. El libro da dos ejemplos:

  • 2008: el Reserve Primary Fund, un fondo monetario que los inversores trataban como si fuera un depósito, perdió dinero con la quiebra de Lehman Brothers. Cada dólar invertido pasó a valer menos de un dólar. En pocos días le retiraron 42.000 de sus 65.000 millones, y el pánico se extendió a otros fondos.

  • Marzo de 2020: con el pánico del COVID, los inversores intentaron vender bonos del Tesoro, el activo más seguro del mundo, y no encontraban comprador salvo con fuertes descuentos. El autor lo compara con un cajero automático que de repente muestra el cartel de “No disponible”. Todos los mercados se desplomaron hasta que intervino la Fed.

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Para el inversor: en calma, un fondo monetario, un ETF de bonos y un depósito parecen lo mismo. En un pánico dejan de parecerlo, y todo el mundo huye hacia el dinero más seguro.

3. El banco central no crea riqueza: pone precio al dinero

El banco central (la Fed en EE. UU., el BCE en Europa) es el banco de los bancos. Crea reservas cuando compra activos o presta dinero, y es el único que puede hacerlo. Pero su herramienta principal no es la cantidad de dinero: es su precio, el tipo de interés.

Por qué importa tanto el tipo de interés. El libro lo resume así: “los activos cuestan dinero, y los tipos de interés deciden cuánto cuesta el dinero”. Una acción, una vivienda o una empresa se valoran descontando sus flujos futuros con un tipo de interés. Si los tipos bajan, esos activos valen más; si suben, valen menos.

Qué controla el banco central y qué no:

  • Tipos a corto plazo: los fija él. Nadie presta a tres meses por menos de lo que cobraría prestando al banco central a un día.

  • Tipos a largo plazo: los fija el mercado. Dependen de lo que se espera que haga el banco central, de la inflación esperada y de la oferta y la demanda de bonos.

¿Y cuando “imprime” dinero? Cuando los tipos ya están en cero, el banco central compra bonos a largo plazo y los paga con reservas nuevas. Es la flexibilización cuantitativa (QE). En 2008, cuando la Fed empezó a hacerlo, muchos inversores profesionales esperaban hiperinflación y el oro se disparó a máximos históricos. No llegó ni siquiera una inflación moderada.

El autor explica por qué con una imagen: la QE es como imprimir un billete de 100 para comprar otro billete de 100. La cantidad total de dinero no cambia, solo su forma: hay menos bonos y más reservas y depósitos. Ese dinero estaba aparcado en bonos y no iba a gastarse en la economía real.

Lo que sí consigue la QE es subir el precio de los activos. Quien vendió sus bonos tiene ahora depósitos que apenas rentan, así que busca rentabilidad en bonos de empresas, acciones o hipotecas. Los tipos bajos benefician sobre todo a quien invierte con deuda. El libro pone este ejemplo: alguien compra 1 millón en bonos que rinden un 3% y se financia al 2%. Si el banco central recorta un punto, su coste de financiación cae a la mitad y puede pagar más por los bonos.

El autor concluye que, a juzgar por la última década, los tipos bajos y la QE impulsan los activos financieros, pero no necesariamente la economía real. Añade que la inflación es sobre todo una decisión política: llega de verdad cuando el Estado gasta masivamente con déficit, no por las compras del banco central.

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Para el inversor: cuando oigas que el banco central “imprime”, no pienses automáticamente en hiperinflación. Pregúntate qué está pasando con los tipos de interés, porque eso es lo que mueve el valor de lo que tienes.

4. La liquidez manda en las crisis

Si los bancos comerciales están tan regulados, ¿dónde se rompe el sistema? Según el libro, en la banca en la sombra: fondos monetarios, ETF, intermediarios financieros, hedge funds y REIT hipotecarios.

Estas entidades hacen trabajo de banco, pero no pueden crear dinero. Lo piden prestado a corto plazo para invertirlo a largo, porque los tipos largos suelen pagar más que los cortos. Ganan con esa diferencia, pero no tienen fondo de garantía de depósitos ni acceso directo al banco central.

Cómo se desata una crisis, según el patrón que describe el libro:

  1. Surge una duda sobre el valor de los activos de una entidad.

  2. Sus prestamistas dejan de renovarle los préstamos a corto plazo.

  3. La entidad tiene que vender activos rápido y a precio de saldo para devolverlos.

  4. Esas ventas hunden los precios, lo que asusta a más prestamistas.

  5. El pánico se extiende a todo el sistema.

Según el autor, las crisis de 2008 y de 2020 fueron sobre todo corridas en la banca en la sombra. Un ejemplo de 2020: los REIT hipotecarios se financiaban a un mes para comprar hipotecas a 15–30 años. Cuando sus prestamistas les exigieron más garantías, tuvieron que vender en un mercado sin compradores. Sus inversores perdieron más de la mitad de su dinero en pocas semanas, aunque las hipotecas que tenían estaban garantizadas por el Estado.

El problema no era la calidad de los activos, sino la financiación. Tenían buenos activos, pero se financiaban a demasiado corto plazo y se vieron obligados a vender en el peor momento.

Lo mismo ocurre a escala mundial. Fuera de EE. UU., los bancos extranjeros crean dólares (los llamados eurodólares) y el mundo depende del dólar para comerciar y endeudarse. Cuando hay pánico, todos buscan dólares a la vez. En 2020 la Fed prestó casi 500.000 millones de dólares a otros bancos centrales para calmar esa carrera. En la práctica, se ha convertido en el banco central del mundo.

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Para el inversor: lo que hunde a la gente en una crisis no suele ser haber comprado malos activos, sino tener que venderlos en el peor momento. Tener liquidez y no depender de financiación a corto plazo es lo que te permite aguantar.

5. Escucha al banco central, pero mira al mercado

El banco central moderno no quiere sorprender al mercado, porque le disgusta la volatilidad. Por eso avisa antes de moverse. El autor dice que buena parte del trabajo de los analistas que “leen” a la Fed lo puede hacer cualquiera que sepa dónde mirar:

  • Comunicados y ruedas de prensa. Cada palabra está medida. En junio de 2020, Powell dijo que la Fed “ni siquiera estaba pensando en pensar en subir tipos”. Con esa frase consiguió que el mercado descartara subidas durante años, y así bajaron los tipos a largo plazo sin comprar ni un bono más.

  • Actas de las reuniones. Se publican tres semanas después y suelen anticipar medidas que todavía no se han anunciado.

  • Discursos de sus miembros. Si un miembro conocido por defender tipos bajos (“paloma”) empieza a mostrarse reacio a seguir bajándolos, el cambio está cerca.

  • El balance semanal. Cuando crece, el mercado suele esperar tipos más bajos y subidas en bolsa.

Pero el libro también subraya que el mercado a menudo va por delante del banco central. En diciembre de 2018, la Fed preveía subir tipos en 2019. Los inversores en futuros de tipos apostaron justo lo contrario, y acertaron: hubo tres recortes.

La señal más vigilada es la curva de tipos. Normalmente la deuda a largo plazo paga más que la de corto plazo. Cuando ocurre lo contrario (curva invertida), el mercado anticipa que el banco central tendrá que bajar tipos porque ve llegar una desaceleración. En junio de 2019 la curva de EE. UU. se invirtió; en 2020 llegó la recesión. El autor advierte que la curva acierta a menudo, pero no siempre.

Por último, el libro hace una advertencia: seguir todas estas comunicaciones te convierte en un buen observador en tiempos tranquilos, pero no en las crisis. Cuando algo serio ocurre, hasta el banco central improvisa. Para anticipar lo que hará entonces hay que entender cómo funciona el sistema y dónde puede romperse, que es justo lo que cubren las cuatro ideas anteriores.

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Para el inversor: no hace falta adivinar al banco central. Lo que dice y lo que descuenta el mercado suelen marcar el camino antes de que ocurra.

Gracias por leer

Diego

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